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domingo, 23 de junio de 2013

La Triistesisima Confederaciones y varios pendientes

Aunque México se despidió de la Copa Confederaciones con un triunfo sobre Japón, para el director técnico José Manuel de la Torre la victoria puede ser engañosa "si no eres analítico y si no ves bien el proceso del por qué ganaste o cómo fue la victoria".

El equipo nacional quedó fuera de la Confederaciones muy pronto tras perder los dos primeros encuentros ante Italia y Brasil. En ambos encuentros el tricolor dio batalla en los primeros minutos, pero conforme avanzaba el juego y los cuestionados cambios realizados por el Chepo,el ritmo de la ofensiva bajaba para ceder el triunfo al final.

Ser finalista en la Copa Confederaciones era uno de los tres objetivos marcados para la Selección Mexicana a principio de año, pero su eliminación del torneo no representó para Chepo de la Torre un "fracaso", asegurando seguir comprometido con su objetivo mayor que es llegar a Brasil 2014.

México solo anotó tres goles en este torneo de FIFA celebrado en Brasil, todos de Javier Hernández, quien con su doblete este sábado llegó a 35 goles con la Selección Mexicana y empató a Carlos Hermosillo en el tercer lugar de los mejores goleadores tricolores.

Ante la dependencia ofensiva que tuvo el cuadro mexicano deChicharito, De la Torre señaló que el delantero de Manchester United es un elemento que tiene "calidad" para generar ocasiones de peligro.

"(Javier) busca todas las jugadas, ese sentido de oportunismo, eso es lo que lo ha llevado a grandes niveles y ahora dándole respuesta con sus goles al Tri", declaró el estratega del Tricolor.

Una de las críticas que ha recibido el estratega mexicano es su experimentación con las alineaciones, sin todavía encontrar su once ideal con el que se perfilará al Mundial de Brasil 2014. El último cambio lo hizo en el duelo ante Japón apostando por los jóvenes Raúl Jiménez en la delantera y Diego Reyes en la defensa.

Pero mientras la Selección Mayor adolece de una crisis de resultados en la eliminatoria mundialista de la Concacaf, Chepo aseguró que seguirá con sus pruebas con cuatro partidos restantes en el Hexagonal.

"Antes de esos cuatro partidos (del Hexagonal) tendremos Copa Oro, que también será una competencia donde podemos seguir observando, seguir forzando, sin perder de vista el objetivo que es ganarla", señaló el estratega, y añadió que el inicio del Torneo Apertura 2013 servirá para "observar a la gran mayoría de los jugadores y poder elegir a los que estén en buen momento".

El 7 de julio, México arranca la defensa de su título en la Copa de Oro de la Concacaf, aunque para esta edición participará con una selección B dirigida por Salvador Reyes, entre los que destacan los campeones olímpicos en Londres 2012, Marco Fabián, Javier Cortés, Jorge Enriquez, Miguel Ponce y Darvin Chávez.

En septiembre, la Selección Mexicana vuelve a la acción en el Hexagonal cuando reciba en el estadio Azteca a su similar de Honduras. En lo que va de la fase final de la eliminatoria, México no ha ganado en casa, y ha empatado cinco juegos de seis, ubicándose en el tercer lugar de la tabla, aun en zona de calificación.

"Hemos quedado a deber en casa, ahora vamos a tener dos partidos muy importantes directamente, quizá con los que estamos compitiendo por ese boleto, porque creo que Costa Rica y Estados Unidos se han separado un poco más, pero está en nosotros el poderlo hacer", apuntó Chepo de la Torre.

miércoles, 12 de junio de 2013

Una Tri-istisima historia

Simplemente a México se le olvido hacer goles. Con bastantes apuros, apenas rescató su tercer empate consecutivo sin goles en el Azteca, ahora el rival fue Costa Rica, que por momentos se mostró superior.

Con el resultado, México llegó a ocho unidades, las mismas que el cuadro costarricense, pero con un partido más disputado, dentro del Hexagonal Final de la Concacaf, rumbo al Mundial Brasil 2014.

El grito generalizado de la tribuna lo dice todo. “¡Fuera Chepo, Fuera Chepo!”, fue la frase que gritaron las almas que apenas si ocuparon dos tercios de Coloso de Santa Úrsula.

Los seleccionados se mostraron nerviosos, temerosos y faltos de actitud ante una situación adversa, parecía como si quisieran recuperar los puntos perdidos en los anteriores partidos, durante el encuentro ante los ticos.

Desde el inicio del partido el hombre más peligroso por los centroamericanos fue Joel Campbell, quien en varias ocasiones puso en aprietos a la defensa verde y al arquero Jesús Corona.

Por el lado mexicano, Pablo Barrera y Andrés Guardado se cansaron de fallar por las bandas, centros iban y venían y ninguno conectaba con la humanidad de Aldo de Nigris o Javier Hernández, quienes nunca tuvieron una oportunidad real de peligro.

En base a la paciencia, los ticos comenzaron a generar más oportunidades y por poco consiguen irse al frente del marcador, gracias a los disparos del mismo Campbell y de Bryan Ruiz, pero que no fructificaron.

Para la parte complementaria, José Manuel de la Torre dio descanso a Barrera y de Nigris y buscó en Javier Aquino y Raúl Jimenez el bálsamo necesario para enderezar el camino, pero estos nunca terminaron por cuajar en la ofensiva verde. Mucho menos Giovani Dos Santos, quien los pocos minutos que ingresó se perdió en el campo.

Los minutos y los segundos transcurrieron y el árbitro señaló el final del partido, con lo que se consumó el tercer empate consecutivo del Tri, todos sin goles. En total, la delantera verde acumula 300 minutos sin horadar la portería rival.

Con toda esta presión a cuestas, México debutará en la Copa Confederaciones el próximo miércoles 19, nada más y nada menos que ante la selección de Italia.

domingo, 23 de agosto de 2009

Enojarse de gusto ....



Estamos tan acostumbrados a los sinsabores que ya se nos olvidó la manera de estar contentos. La euforia colectiva ha cobrado un aspecto muy extraño.

El 12 de agosto, después del triunfo ante Estados Unidos, Paseo de la Reforma se convirtió en una región no apta para gringos (o para quien tuviera la despistada ocurrencia de parecer un gringo). La multitud estuvo a punto de vejar a holandeses y güeros de rancho a los que confundió con estadounidenses.

El rival ya había sido ajusticiado en el Estadio Azteca, pero la gente aún necesitaba víctimas. Si el rencor es mucho, no se aplaca con dos goles.

El episodio fue inaudito porque la afición nacional ha sido una de las más entregadas y gozosas del planeta. Alguna vez escribí que si hubiera un Mundial de públicos, México llegaría a la final.

Acostumbrada a un futbol mediocre, la fanaticada ha hecho su propio juego en las tribunas. Las tortas que se llevan al estadio se preparan mejor que la selección. Las matracas, las trompetas donde vibra una sola nota apasionada, las sirenas, las pelucas tricolores, los pebeteros donde humea el copal, los penachos con plumas de pollería, las cananas abastecidas de chiles serranos, las máscaras de luchadores y la interminable capacidad de comer pepitas han conformado un colectivo único, de un romanticismo ajeno a todo recato, al que no le da vergüenza expresar su cariño y su ser en sí con la porra más abstrusa de Occidente: "¡Síquitibum-a-la-bim-bom-ba!".

Mil veces decepcionada, la afición mexicana colma las graderías para demostrar que la vida vale la pena bajo una nube de confeti. Poco importa que un sombrero de ala extragrande te tape la vista porque en la cancha nunca sucederá algo tan decisivo como el milagro de estar juntos.

Los estadios mexicanos son sedes de la contradicción donde el público hace más esfuerzo que los jugadores.

La "ola" se incorporó al futbol soccer gracias a nosotros. Ideal para llenar las pausas del futbol americano, la "ola" se convirtió en pasatiempo predilecto de una afición que debe entretenerse a sí misma porque los suyos no anotan lo suficiente.

Nunca olvidaré al argentino que me preguntó si era cierto que en México los hinchas de dos acérrimos rivales podían sentarse juntos sin asesinarse. Le respondí que así era y oí su enjundiosa respuesta: "¡Pero qué degenerados!".

La violencia no ha sido la característica esencial de una afición a la que le conviene resignarse. Los abucheos y las injurias de los estadios de Sudamérica nunca han alcanzado el mismo volumen en México.

Cuando íbamos a Ciudad Universitaria en los años sesenta, mi padre regañaba a los que le silbaban al equipo contrario: "¡Son nuestros invitados!", decía. No le hacían caso, pero lo veían con el respeto que se le confiere a un sacerdote de una religión desconocida. En una ocasión alguien le gritó que estaba loco y esto propició inesperadas adhesiones: la grada se levantó a aplaudir al equipo contrario. Como filósofo, mi padre se había asignado la módica tarea de cambiar el mundo. No le fue muy bien en ese empeño, pero un domingo, en el estadio de C.U., logró que los enemigos recibieran trato de invitados.

La hospitalidad ha caracterizado a un público anfitrión de dos Mundiales, que gasta pocas energías en odiar a los que tienen mejores chances.

En Argentina alguien es hincha de River. En México alguien le va al Atlante. La distinción resulta decisiva. El seguidor argentino es uno con su equipo y considera que influye en el resultado (ahí nació la definición del público como "jugador número 12"). El mexicano es un seguidor más distanciado. Por razones de supervivencia emocional no se ilusiona demasiado. Su selección ha perdido tantas veces que conviene gritarle: "¡Sí se puede!".

El futbol ofrece un espejo extremado de la sociedad. La guerra entre Honduras y El Salvador comenzó en un estadio, no con el fin de resolver el marcador, sino porque ahí cristalizaron tensiones históricas.

La conducta posterior al juego contra Estados Unidos revela la descomposición de nuestro ánimo. El gozo se asoció al ultraje. No bastaba estar de buen humor; la celebración tenía que ocurrir a costa de alguien. Esta actitud revanchista señala la transformación radical de un público que había tenido una capacidad de resignación bíblica.

La afición se ha podido sobreponer a la fractura de Onofre en vísperas de México 70, la eliminación en Haití, el ridículo en Argentina 78, el caso de los "cachirules" que impidió llegar a Italia 90, la exclusión de Cuauhtémoc Blanco en Alemania 2006, las infinitas veces en que jugamos como nunca y perdimos como siempre, pero no se ha podido sobreponer a la devastadora realidad que compartimos. La alegría ha dejado de ser una meta deseable y se ha convertido en la exigencia de algo más: "¡No te metas conmigo que estoy contento!".

Los triunfos deportivos compensan malestares de otras horas, pero no los resuelven. En un país roto, los goles producen una dicha iracunda. El desafío de México está fuera del estadio.