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domingo, 3 de mayo de 2009

Un mediocre madrid



Ayer vimos un ridículo de un equipo glorioso como es el de el Real Madrid. Vimos a un equipo que no sabía jugar, que no sabía enlazar una jugada digna, ni cuatro pases seguidos y mucho menos intentar un pase de tres metros. Enfrente tenían a un equipo que era como el día y la noche, jugaban, tocaban, se movían, parecían imparables, se permitían florituras en el área madridista, lo querían hacer bonito y pese a mi rechazo total al Barcelona, lo hacían muy bonito.

El Madrid empezó bastante bien el partido, en los primeros quince minutos no sólo había metido un bonito gol hecho por Higuaín a pase de Ramos, sino que obligaba al Barça a hacer un juego para el que no estaba preparado: el patadón. Cada jugada del Barcelona terminaba igual: el fuera de juego. Pero fue llegar el gol del Madrid y éste dejó de existir, se pensarían que ya estaba todo hecho, que no habría hacer mucha presión arriba y adelantar la defensa con criterio, olvidándose de que quedaban 75 minutos. Pensaban que la liga en el bolsillo, pero no... El barça les dió una lección en todo de cómo llevar un partido.

75 minutos que fueron del Barcelona sin ninguna discusión. En términos que diría Boluda, el Barça chorreó al Madrid como quiso. Paraecía manejar los tiempos del partido desde que el Madrid anotó el primer gol de la tarde. Poco después, Henry metió su golito y, en ese momento, lo que aconteció fue una borrachera de goles del Barcelona y un Madrid mediocre. La mediocridad es lo que mejor define a este equipo. Parecía que el 2-3 iba a traer algo de esperanza, pero inmediatamente después el barcelona dió otro zarpazo.

Y el resultado final fue de 2-6... un resultado del que se hablará mucho tiempo porque es histórico. Los jugadores del Madrid no estuvieron a la altura, pero quizás habría que mirar al cuerpo técnico que se encarga de fichar. ¿Por qué el Barcelona, aún teniendo la misma estructura del equipo fracasado del pasado año hizo los fichajes adecuados que le dieron un salto de calidad sobre todo con Alves y el Madrid sólo fichó a ese paquete que se llama Van der Vaart? En fin, que venga Florentino y que deje fichar a alguien que sepa. Menos Ronaldo y más Silva, Villa, Ribery, Xabi Alonso y Cesc. Ójala viniese todo ese grupo. El Madrid jugaría a otra cosa.

Todos aquellos que nos lo creímos con el Getafe simplemente estábamos soñando. El Barcelona es mucho Barcelona.

lunes, 27 de abril de 2009

Hecho en CU

Ya mismo, el duelo Pumas-Chivas despierta expectación a todos niveles, al amparo no sólo de la victoria del Guadalajara sobre el América, en el Clásico Nacional, sino por la creciente rivalidad entre felinos y tapatíos, alimentada por una final, los desplegados de Jorge Vergara y la posibilidad que le daría a los felinos de hacerse del boleto a la Liguilla, lo que complicaría —de paso— la calificación del Rebaño a la Liguilla.

Las Chivas le pegaron a las Águilas y llegan con el ánimo en alto frente a los universitarios. Pero, “nosotros venimos de siete juegos sin perder”, explica el delantero argentino, Martín Bravo, esperanzado en que Pumas alcance su mejor nivel en este duelo y lo catapulte de lleno al título.

Luego, en CU, existen mil y un historias en torno a este partido, que lo han transformado en genuino clásico, al menos sí en territorio capitalino. Y es que, a la gran afición chivista que existe en México se agrega la adoración auriazul de parte de la comunidad universitaria, considerada entre las mejores fanaticadas del país, por apoyar a muerte a su equipo le vaya como le vaya. Es, pues, un clásico hecho en CU.

Así, más allá del lleno, los antecedentes, la pasión y el futbol ponen a estos dos rivales en una situación calientita. Chivas necesita ganar para no perder el subliderato del Grupo 2, porque Tecos y América están a la caza de cualquier descuidito tapatío para hacerse del subliderato.

Curiosamente, Águilas y zapopanos se medirán este fin de semana, en otro choque vital.

Y para Pumas, no sólo sería el boleto, sino pegarle a un rival de tamaños, lo que alimentaría las ya de por sí jugosas posibilidades de campeonar, pues la soñadora afición felina espera ver otra corona.

Ya sabemos que el único título de Ricardo Ferretti como entrenador lo consiguió cuando dirigía al Guadalajara, así que, entre tantas y tantas historias, el juego del próximo domingo devolverá esas ganas de ver un clásico que, al menos aquí sí reúne esas condiciones elementales, muy a pesar de los contreras de siempre. ¿No lo crees así?

Espiritu de cambio

Cambios y más cambios en el futbol mexicano. Las piezas, o mejor dicho, los hombres que han destacado para bien y para mal, se mueven en un incesante ir y venir. Reacomodos, enroques. Vienen por lo suyo. Y a río revuelto, ganancia de pescadores. Veamos algunos casos.

Una orden presidencial —algunos lo llaman sugerencia— y Javier Aguirre reaparece en el escenario tricolor, 7 años después de la aventura asiática. Se pretende que ponga orden en el once verde, califique a Sudáfrica y convenza a todos con triunfos convincentes. Pero Ignacio Ambriz, su asistente de confianza durante siete años, lo abandona.

Señala que busca retomar su carrera de técnico, que no hay bronca con “El Vasco” y cada quien a lo suyo.

Fuentes cercanas a ellos manifiestan que Nacho está sentido, pues Aguirre llamó a Mario Carrillo y luego a Manuel Vidrio; después le extendió la invitación a Ambriz. Como que no va. pero a la mejor el técnico nacional quería renovar.

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Cuauhtémoc Blanco hace ruido. Declara abiertamente que si Aguirre lo llama dirá que sí. Está más que dispuesto. Tiene fe en su retorno porque fue uno de los pilares del Tri del 98 y sigue vigente como en aquellos tiempos, haciendo goles de buena manufactura en la MLS. ¿Lo convocará? A la mejor, que para aquel mosquetero 11 años no son nada.

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Una van y otros se pierden en el Guadalajara. Mariano Varela asume como coordinador deportivo de Chivas, luego de los buenos resultados con el Saprissa. Mientras tanto, Carlos Ochoa es como una foto gris que las horas van difuminado. Allá en el olvido: la Primera A.

¿Y qué esperar? Pues buenos resultados, repuntes, recuperar la jerarquía verde y rojiblanca. ¿O no?

Verano de Locura

Mil novedades se avecinan en el futbol nacional. Renovarse o morir es la consigna. Algunas plazas buscan presencia en el máximo circuito. Descubrir jugadores-promesa va en serio. A río revuelto, cambio de técnicos. Dirigentes con sentimientos encontrados. De todo hay en la viña del balompié casero para el verano. Vamos por partes.

Desde hace un par de años, los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara buscan regresar al máximo circuito. Fundado en 1970, se la pasó en la Segunda División y en su gran oportunidad para llegar a Primera, perdió la final ante los Tigres de la UANL en la temporada 1973-74.

La directiva decidió entonces comprar la franquicia del Torreón para cumplir su deseo. Como todo ciclo destacaron por sus jugadores brasileños de piel morena --de ahí el mote de Leones Negros--. Disputó tres finales, pero nunca fue campeón. En 1995 desapareció.

Hoy de nueva cuenta hace acto de presencia y ya se acercó al Morelia para hacerle una oferta en firme. Veremos.

Otra plaza interesada en futbol de Primera División es Tijuana.

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A partir de la próxima temporada regresa el torneo nacional de reservas, con el nombre de Torneo Sub-20. Los partidos se jugarán previo a los juegos del máximo circuito. Será el escaparate para observar talentos.

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Aquello de la reingeniería en el América fue una charada. Nada más 20 millones de dólares tirados a la basura. El proyecto –en el papel—parecía bueno. De hecho, tenía todo para lograr el objetivo: ser campeones. Pero, ¡qué va!, “El Pelado” resultó un petardo y las contrataciones ni qué hablar. La directiva pecó y se endilgó su penitencia. Llamar a Jesús Ramírez de nada sirvió. Las Águilas no han ganado en el Azteca, y con el desdén de Chucho por el Clásico lo puso en su lugar.

Ya se busca su remplazo. Suena fuerte Daniel “El Travieso” Guzmán, un técnico que hizo una excelente labor con Santos Laguna. ¿Qué te parece?

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Si hay dos dedos de frente en la directiva cruzazulina y la lógica no falla, Benjamín “El Maestro” Galindo debe dejar el timón. Llevar a los cementeros al último lugar de la tabla general nada tiene de gracia. ¿Quién te gusta para sacar del ridículo a La Máquina?

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Jorge Vergara llora a escondidas. Quiere que regrese “su hijo pródigo”, Adolfo Bautista. “El Bofo” es un futbolista carismático, tiene buen nivel, ahora no tiene mucho gol, pero en cuestiones de mercadotecnia estratégica es de lo mejor, vende, porque vende. Así que no será de extrañar que lo veamos de rojiblanco próximamente. Venga.

lunes, 20 de abril de 2009

Aguirre al tri Salvador designado.

La falta de una estructura definida y con cimientos sólidos ha provocado que la sociedad mexicana viva en condiciones que vuelven imperiosa la necesidad de encontrar responsables únicos, ya sea para condenarlos por la derrota y los problemas o para enaltecerlos como causantes solitarios de las contadas alegrías que se nos llegan a presentar.

La tentación de adjudicar responsabilidades con el fin de olvidarnos de las propias ha sido demasiado fuerte como para dejarla pasar. Los problemas superaron el ánimo de solución y nos hemos vuelto asiduos de colocarle nombre y apellido a sucesos que no por fuerza se limitan a la capacidad o incapacidad de una persona.

El modo nuestro de actuar no se limita al escarnio del que fue objeto Hugo Sánchez por no haber clasificado a los Juegos Olímpicos, como si Esqueda, Fernández y compañía no hubieran merecido su parte de culpa. Por el contrario, se expande a territorios fundamentales para el buen andar de México como nación. Ocurrió en la política cuando todos quisieron percibir a Vicente Fox como el hombre que acabaría con las injusticias y la pobreza en México…

El resultado de entregar ilusiones y obligaciones a una persona suele producir sonoros golpes anímicos para la sociedad y una futura repulsión hacia el mismo ser que anteriormente había sido considerado un mesías. Ello no siempre va ligado a la incapacidad, sino a la delegación desmedida de sueños y anhelos.

No dudo al pronosticar la consecución del boleto a la Copa Mundo. México estará en Sudáfrica y Javier Aguirre cumplirá satisfactoriamente con la misión de evitar el hundimiento del barco. Mi verdadera preocupación es que los años pasan y seguimos con la tendencia de apostarlo todo a un solo individuo.

Mientras el futbol mexicano tenga que recurrir a Cuauhtémoc Blanco o a Javier Aguirre, lo único claro será que hemos fallado y que erramos tanto en el trabajo de conjunto que preferimos construir un pedestal y rogar porque nuestro salvador designado no falle.

lunes, 23 de marzo de 2009

filosofia del futbol

Que el fútbol no sea ya un deporte, sino un espectáculo, es ya suficientemente filosófico, y debería darnos que pensar. Pero incluso si nos fijamos en lo que sí es deporte, en ese fútbol que practican miles de niños, jóvenes y no tan jóvenes, también existe filosofía. Y no porque lo diga Valdano, aquel del que decían que hacía “filosofía” del fútbol, sólo porque utilizaba un vocabulario “preciosista”, por llamarlo de alguna manera. En el fútbol hay filosofía, porque hay “teoría”, mirada. Y allá donde hay mirada, aparece de inmediato la filosofía. Hay, desde luego, un fútbol “pitagórico”, basado en el orden geométrico dentro del campo. Y como sucedió en filosofía, parece haber también entrenadores platónicos, como Luxemburgo, convencido de que la “Idea” del fútbol consiste en mantener un sistema fijo e inmutable.

Hay, por tanto, idealismo futbolístico, con entrenadores empeñados en su sistema, pero también hay pragmatismo, fútbol jugado no en favor del sistema o de la “idea”, sino del resultado. Más idealismo, pero de otra índole, es el que destila nuestra selección: como quijotes, sufrimos en los partidos fáciles, y jugamos maravillosamente en los partidos que perdemos. Que suelen ser, por otro lado, los más importantes. Ahí está ese fútbol maquiavélico de los italianos, o el fútbol hobbesiano de los ingleses: defenderse y ganar. Nada más importa, a fin de cuentas. Una gran excepción de esta inspiración filosófica del fútbol es el alemán, a no ser que lo interpretemos de un modo nietzscheano. La contundencia y la dureza de su estilo puede recordarnos a algunos de los pásajes más críticos del pensador alemán. ¿Son sólo modos de jugar? ¿Representan también formas de vivir? ¿O son, incluso, formas de pensar?

“Fútbol es fútbol”, se dice, como queriendo dar un nuevo empuje al viejo principio de identidad aristotélico. “El fútbol es así”, una de las grandes tautologías, que quizás sirvan a los sabios del banquillo para deducir, al estilo de los axiomas de Hilbert, cómo debe jugar su equipo. Equipos en crisis de identidad, porque se encuentran, como el ser humano sartreano, en medio de una competición sin saber muy bien cómo deben jugar, cuál debe ser su estilo. Abandonados a la existencia de la competición y la feria mediática que la rodea, sin comprender bien qué es lo que deben hacer. Existencialismo, idealismo, pragmatismo… Y para muchos, no se trata más que de una estupidez en la que 22 millonarios corren como críos detrás de una pelota (se olvida esta “mirada” de que en los patios de colegio no hay millonarios…). Pero claro, esta sería la filosofía “materialista” del fútbol, otra forma de mirar y filosofar. Así somos los seres humanos. Introducimos ideas en todo lo que hacemos, y lo convertimos así en símbolos. Qué pena que casi todos vean fútbol. Sólo fútbol, cuando en realidad se trata de pensamiento.

domingo, 8 de marzo de 2009

Reglamento a la medida en la FMF

Para mí, simplemente no hay vuelta de hoja. La intención del Club Necaxa de suplir al defensa mexicano Fernando López, lesionado de gravedad desde el 9 de enero pasado, con la llegada del veterano zaguero chileno Ricardo Rojas resulta anti reglamentaria, aunque Enrique Bonilla, director deportivo de la FMF ya haya dado luz verde para ello y Decio de María, con un cinismo a prueba de balas, echara la culpa de la polémica a quienes han querido dar una mala interpretación de la regla.
El artículo 18.1 del reglamento de competencia es categórico: “Si el jugador lesionado es mexicano, únicamente podrá ser sustituido por otro jugador mexicano.”
Y aunque la directiva del Necaxa ha anticipado, que el ex defensa de América y Colo Colo de 34 años de edad, será inscrito el 13 de marzo, una vez que supuestamente se cumplan los dos años de la expedición la carta de naturalización de la Secretaría de Relaciones Exteriores que acreditó a Rojas como mexicano, ello no le convierte en el acto, según publica el reglamento de competencia en su artículo 23, en “elegible” como tal, sino hasta el próximo torneo el Apertura 2009.
El artículo efectivamente es claro al afirmar que “los Jugadores naturalizados podrán participar dentro del cupo de mexicanos a partir de los dos años de la fecha de expedición de la Carta de Naturalización, emitida por la Secretaría de Relaciones Exteriores”, lo que efectivamente, según Enrique Bonilla, se cumplirá el día 13 de marzo.
Pero ese mismo artículo aclara: “Si el jugador cumple con los dos años de naturalizado durante el desarrollo de cualquiera de los dos Torneos, el registro que lo acredite como mexicano ante la FMF, se expedirá hasta el siguiente periodo de registro”.
Por ello, según afirma lo escrito en el reglamento de competencia -no la interpretación libre de De María- aunque el defensa Ricardo “Cuervo” Rojas contara efectivamente con una la carta de naturalización expedida el 13 de marzo de 2007 (sería bueno que mostraran esa la carta públicamente), no podría ser registrado en el torneo durante el cual se cumplen los dos años de ello.
Y que quede claro que si bien ese artículo de la FMF es inadmisible pues viola a la misma Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, éste fue establecido por los propios dueños de los clubes y ha prevalecido en la Primera División Nacional desde hace varios años siendo aplicado a rajatabla en casos como los de Miguel Calero, Andrés Chitiva, Leandro Augusto, Christian Giménez y Vicente Matías Vuoso, entre otros.
La única excepción que se marca al respecto de la duración que debe pasar para que un jugador mexicano por naturalización deje de ocupar una plaza de extranjero antes de los dos años posteriores a su naturalización, es el hecho de que sea convocado a la Selección Nacional de México, acto que acelera ese plazo, pero para el cual también se considera que debe cambiar su condición hasta el siguiente torneo.
Por eso, Bonilla y De María, que intentan defender esta inscripción como reglamentaria, lo hacen, igual que en el caso de Christian Benítez, justamente por interpretar la regla a su conveniencia, o la de sus patrones, pero nuevamente su decisión es contraria a lo que ellos mismos establecieron en el reglamento. La ley escrita, es en rigor, la que se tiene que aplicar, no el espíritu de la misma, o la interpretación que se le quiera dar, o lo que en realidad hubieran querido legislar.
Y luego Decio se atreve a pedir un “pacto nacional” para no hacer trampas y fomentar el juego limpio. Otra vez la FMF parece tomar partido en la disputa por el no descenso. Ojalá que en la cancha, sus intentos no influyan y que se vaya el equipo que se tenga que ir por sus deficiencias deportivas no por haber sido desprotegido en los despachos de la FMF, como le ocurriera no hace mucho -se acuerda- al Querétaro.

domingo, 22 de febrero de 2009

La mente en el poste.

Supongo que al final de un torneo de ajedrez Karpov y Kasparov ven los rostros como una oportunidad de que la nariz se convierta en un caballo y se coma un ojo. Lo mismo pasa con el enfermo de futbol. Para desacreditar de una vez cualquier asomo de sensatez en estas páginas, confieso que una tarde de fiebre resolví que, si los jarabes fueran futbolistas, la más temible media cancha estaría integrada por los contundentes Robitussin, Breacol y Zorritón. El aficionado in extremis lleva una pelota entre los oídos. Rara vez trata de defender lo que piensa porque está demasiado nervioso pensando en lo que defiende. Cuando los suyos pisan el pasto, el mundo, el balón y la mente son una y la misma cosa. Con absoluto integrismo, el fanático reza o frota su pata de conejo; en ese momento Dios es redondo y bota en forma inesperada.

Sería exagerado decir que todas las minorías ajenas al futbol le profesan enemistad. A pesar de las obvias carencias de quienes creen que gritar "¡Síquitibum!" sirve de algo, hay quienes no honran al futbol con otra reacción que la indiferencia. Pero tampoco falta el que ofrece sus cerillos para que el futbol arda en hogueras ejemplares. Odiar puede ser un placer cultivable, y acaso las canchas cumplan la función secreta de molestar a quienes tienen honestas ganas de fastidiarse. Cada tanto, un Nostradamus sin otro apocalipsis en la agenda ve un partido, se chupa el dedo y decide que el viento sopla en pésima dirección. ¿Cómo es posible que las multitudes sucumban a un vicio tan menor? El diagnóstico empeora cuando el Mundial interrumpe las sobremesas y los matrimonios: los amigos que parecían lúcidos hablan de croatas impronunciables. Sin embargo, despotricar contra los malos gustos es inútil; nuestra amiga María preferirá hasta la eternidad los mangos verdes y Nicole Kidman galanes imposibles de elogiar.

El oficio de chutar balones está plagado de lacras. Levantemos veloz inventario de lo que no se alivia con el botiquín del masajista: el nacionalismo, la violencia en los estadios, la comercialización de la especie y lo mal que nos vemos con la cara pintada. Todo esto merece un obvio voto de censura. Pero no se puede luchar contra el gusto de figurarnos cosas. Cada aficionado encuentra en el partido un placer o una perversión a su medida. En un mundo donde el erotismo va de la poesía cátara a los calzones comestibles, no es casual que se diversifiquen las reacciones. Los irlandeses aceptan el bajo rendimiento de su selección como un estupendo motivo para beber cerveza, los mexicanos nos celebramos a nosotros para no tener que celebrar a nuestro equipo, los brasileños enjugan sus lágrimas en banderas king-size cuando sólo consiguen el subcampeonato y los italianos lanzan el televisor por la ventana si Baggio falla un penal.

El hombre en trance futbolístico sucumbe a un frenesí difícil de asociar con la razón pura. En sus mejores momentos, recupera una porción de infancia, el reino primigenio donde las hazañas tienen reglas pero dependen de caprichos, y donde algunas veces, bajo una lluvia oblicua o un sol de justicia, alguien anota un gol como si matara un leopardo y enciende las antorchas de la tribu.

En sus peores momentos, el fan del futbol es un idiota con la boca abierta ante un sándwich y la cabeza llena de datos inservibles. Es obvio que la Ilustración no ocurrió para idolatrar héroes cuyas estampas aparecen en paquetes de galletas ni para aceptar el nirvana que suspende el juicio y la mordida. La verdad, cuesta trabajo asociar a estos aficionados con los rigores del planeta posindustrial. Pero están ahí y no hay forma de cambiarlos por otros.

En sociedades descompuestas Hamlet es una incitación a matar padrastros y el futbol a cometer actos vandálicos o declarar la guerra. Para ser legítimas, las taras de los hinchas deben resultar tan inofensivas como la costumbre que los futbolistas tienen de escupir. Quienes hemos corrido infructuosamente tras un balón sabemos que escupir no sirve para nada, pero escupimos. Se trata de un mantra,como el del tenista que se concentra acariciando las cuerdas de su ra-queta, sólo que más guarro. Llegamos a un punto esencial: si combatir al futbol es tan infructuoso como perder el ánimo ante la supervivencia de las estudiantinas, elogiarlo carece de efecto proselitista. Nadie se convence "en teoría" de extasiarse con un gol. Hablar de un entusiasmo tan compartido y vulgar depende de otras claves: alargar en palabras los prodigios instantáneos, imaginarlos minuciosamente hasta que se conviertan en un dominio autónomo, un edén podado al ras. En suma: sustituir a un Dios con prestaciones que no trabaja los domingos.

En los partidos de mi infancia, el hecho fundamental fue que los narró Ángel Fernández, capaz de transformar un juego sin gloria en una trifulca legendaria.
Las crónicas de fut comprometen tanto a la imaginación que algunos de los grandes rapsodas han contado partidos que no vieron; casi ciego, Cristino Lorenzo fabulaba desde el Café Tupinamba; el Mago Septién y otros pocos lograron inventar gestas de beisbol, box o futbol, a partir de los escuetos datos que llegaban por telegrama a la estación de radio.

Por desgracia, no siempre es posible que Homero tenga gafete de acreditación en el Mundial y muchas narraciones carecen de interés. Pero nada frena a pregoneros, teóricos y evangelistas. El futbol exige palabras, no sólo las de los profesionales, sino las de cualquier aficionado provisto del atributo suficiente y dramático de tener boca. ¿Por qué no nos callamos de una vez? Porque el futbol está lleno de cosas que francamente no se entienden. Un genio curtido en mil batallas roza con el calcetín la pelota que hasta el cronista hubiera empujado a las redes; un portero que había mostrado nervios de cableado de cobre, sale a jugar con guantes de mantequilla; el equipo forjado a fuego lento, pierde de golpe la química o la actitud o como se le quiera llamar a la misteriosa energía que reúne a once soledades. Los periodistas de la fuente deben dar respuestas con detalles que las hagan verosímiles: el abductor frotado con ungüento erróneo, la camiseta sustituta del equipo (es horrible y provoca que fallen penaltis), el osito que el portero usa de mascota y fue pateado por un fotógrafo de otro periódico.

El novelista que analiza tobillos eminentes puede ensayar conjeturas más desaforadas e indemostrables. Ya lo dijo Nelson Rodrigues: "Si los datos no nos apoyan, peor para los datos." La indagación literaria del futbol parte de un presupuesto: la mente decide los partidos y jamás sabremos cómo opera. Lo importante resulta imponderable; los lances no derivan del rendimiento atlético sino de una habilidad secreta. Zidane filtra el balón a un hueco donde no ocurre nada pero ocurrirá Raúl; Romario hace un quiebre y prepara el perfil izquierdo: todos los ojos del estadio miran el ángulo equivocado; Valderrama se detiene, baja los brazos y duerme de pie, su siesta representa la forma más sorpresiva del ataque: la pausa.

Al escrutar estos asombros, el cronista renuncia a tener la razón absoluta; juega contra su sombra al modo de Gesualdo Bufalino: "Cada día lanzo penaltis contra mí mismo. Por gracia o por desgracia doy siempre en el poste." El futbol es una condición subjetiva. Imposible saber si acertamos al interpretarlo. No hay solución a la infinita tarea de confundir el balón con la cabeza.

El sentido de la tragedia

El crack sólo existe rodeado de cierto dramatismo. Aunque las biografías de los futbolistas nunca son tan tristes como las de las patinadoras en hielo, hay que haber sufrido lo suficiente para tener ganas de patear al ángulo. En 1998, durante el Mundial de Francia, asistí a un entrenamiento de Brasil. De pronto, Giovanni y Rivaldo se apartaron del conjunto y jugaron a dispararle al larguero. Giovanni acertó 12 veces seguidas y Rivaldo 11. Ningún humano nace con tal capacidad de teledirección. Se requiere de un pasado roto o necesitado o muy extraño para alcanzar tan obsesivo virtuosismo. Como la caminata o el ballet, el futbol permite sublimar el sufrimiento con molestias físicas. Quienes tienen poca habilidad para convertir sus traumas en toques acaban de defensas; quienes tienen más problemas que talento, se especializan en la variante futbolística del performance: romper el juego y los tobillos.

Sabemos por Tolstoi que las familias felices no producen novelas. Tampoco producen futbolistas. Hace falta mucha sed de compensación para exhibirse ante 110 mil fanáticos en el Estadio Azteca y billones de curiosos en la mediósfera. El hombre canta ópera o rompe récords porque le pasó algo horrendo. En los juegos de conjunto, el sentido de la tragedia debe tocar a todo el colectivo. Pensemos en Holanda: su drama futbolístico estriba en carecer de drama. La patria de Rembrandt tiene suficientes claroscuros para provocar riñas en sus bares o hacer interesantes las novelas de Harry Mulisch; sin embargo, a sus futbolistas les falta una dosis de dolor para ganar partidos. El problema viene desde la legendaria Naranja Mecánica. En el Mundial de 1974 Holanda era una fábrica de goles tan rotunda que podía darse el lujo de alinear a un guardameta con más aptitudes de jardinero; su capitán, Johan Cruyff, usaba el número 14, entonces insólito o aun irreverente, y desafiaba las normas apareciendo en cualquier lugar del campo. El sistema rotativo del equipo rozaba el sadismo porque incluía a dos gemelos idénticos, los Van der Kerkhof, y uno confundía todo el tiempo a René con Willy. Holanda se impuso como una forma del futuro y llegó a la final contra Alemania, una escuadra veterana, más orgullosa de sus cicatrices que de sus facciones (algunos de sus gladiadores habían protagonizado épicas caídas: la final de Wembley, en 1966; la semifinal de México, en 1970). El juego avasallante de La Naranja Mecánica sólo era criticado con elocuencia por Anthony Burgess, a quien el futbol siempre le pareció una ordinariez y en esos días padecía que su novela se asociara, no sólo con una película que no le gustó gran cosa, sino con once neerlandeses en estado de sudoración. Para el resto de los comentaristas, Holanda simbolizaba el renacimiento en la cancha. Suspendamos el relato para que comparezca un concepto que involucra a la historia de las mentalidades y tal vez a la trasmigración de las almas: la tradición. A menudo sucede que un equipo pierde en un estadio porque siempre ha perdido en ese estadio. De poco sirve que llegue invicto en veinte partidos y con un centro delantero al que Nike le fabrica zapatos dorados. El azar o los dioses o los canijos vientos hacen que pierda en esa cancha. El determinismo de la tradición futbolística resulta abrumador. Puede suceder que todos los que fueron derrotados la vez anterior ya estén en otros equipos o se hayan retirado. Los nuevos sólo comparten con ellos la camiseta, pero la tradición arrebata balones decisivos. Aunque a veces estos mitos se derrumban, casi siempre definen el resultado. Algo así ocurrió en 1974. Holanda jugaba mejor pero carecía de la tradición que se adquiere haciendo gárgaras amargas. Alemania Federal cargaba con un juego predecible y mucho lastre; perdió contra Alemania Democrática, le ganó a duras penas a Chile, padecía la presión de un público que exigía motivos para ser pangermánico. Parecía difícil que se impusiera. Pero Alemania estaba apoyada por las sombras largas de los muchos que sufrieron en su nombre. Además, Holanda estaba contenta. Los futbolistas anaranjados bebían buen vino, fumaban un cigarro o dos en el descanso del partido, recibían las visitas de sus esposas o sus novias (o sus esposas y sus novias). Los alemanes llegaron a la final como deportados del frente ruso. Naturalmente, ganaron el partido.

Cuesta trabajo que Holanda se preocupe. En la Eurocopa 2000 fue la selección mejor afeitada del continente. Como jugaba en casa, las gradas se llenaron de alegres trompetistas. Un marco perfecto para un amistoso, no para la guerra. Cuando Kluivert falló dos penaltis en el mismo partido, las cámaras enfocaron al príncipe de Holanda: sonreía como si estuviera en una feria. La escena revela la poca repercusión que un chut fatal tiene en los Países Bajos. No vamos a encomiar aquí la antropología del desastre, pero en Brasil una situación equivalente hubiera llevado a varias sacerdotisas a decapitar gallos a mordiscos y a algunos discapacitados a arrojarse al agua con sus sillas de ruedas. Holanda sólo saldrá campeona cuando se deje afectar por complejos y frustraciones que hasta ahora desconoce.

El sentido de la tragedia inventa insólitos recursos; sin embargo, a veces el futbol se parece a la canción ranchera y lo bueno consiste, precisamente, en salir ultrajado: "¡Qué manera de perder...!" El francés Karembeu, que pasó por el Real Madrid en calidad de costoso suplente, se lleva todas las fotos cuando abandona el campo con una angustia épica, de jerarca recién destronado. No cae ante sus congéneres, cae ante el destino. Obviamente, esta sufriente manera de salir bien en las fotos le conviene más a los periodistas que al club.

Otros capitalizan aún mejor la tragedia. El portugués Victor Baia es un elegante cultivador de la indiferencia. Como los felices holandeses, el ex portero del Barcelona dedica sus mejores energías a afeitarse. Sus patillas parecen trazadas por Dalí. Tal vez por venir del país de la saudade, perfeccionó a tal grado su melancolía que luce espléndido cuando le anotan. Esta aproximación chic al desastre no ayuda a ganar partidos pero salva la reputación del mártir excelso.

El futbol ofrece tal repertorio de conductas que no hay modo de codificarlas, sobre todo porque muchas de ellas son hipócritas. Arena donde los egocéntricos declaran como hombres humillados y los virtuosos hacen cualquier cosa por engañar al árbitro, el futbol depende de simulaciones, en ocasiones tan naturalistas como la que protagonizó el portero de la selección chilena Roberto Cóndor Rojas, en septiembre de 1989. El teatro era Maracaná, y el motivo de la función, eliminarse para el Mundial de Italia. El 1 chileno salió al campo con una navaja escondida en uno de sus guantes. Al ver que difícilmente podrían remontar el 0-1 que les había endilgado Careca, aprovechó que una bengala pasó cerca de su portería para desplomarse; sin que nadie lo notara, se cortó la frente de un navajazo. Cuando el árbitro se acercó a atestiguar la sangre, el guardameta informó que había sido alcanzado por la bengala. Los chilenos se negaron a reanudar el partido. Aunque estaban condenados a una derrota de 1-0 por abandono, podían revertir el resultado en la mesa de negociaciones si comprobaban que no había condiciones para jugar. Lo más extraño de la historia es que Rojas acabó confesando. Actor al fin, no soportó sobrellevar su embuste sin ser reconocido. La fifa lo proscribió a perpetuidad del futbol profesional. En los montajes sobre la hierba, el que engaña una vez debe engañar siempre.

Futbol Teatral

Hace años conocí a un hombre que había muerto doscientas veces. Trabajaba de doble en películas de narcos y traileras o en ocasionales westerns filmados en Durango. Era experto en rodar por escaleras, caer de balcones y ser atropellado. Se retiró por un problema en la columna y procuró aliviarlo con analgésicos que le causaron una úlcera, saldo bastante benévolo en su línea de trabajo.

Aquel profesional de la muerte fotogénica podría haber sido futbolista. Ningún otro deporte admite tan alta cuota de histrionismo. De pronto, un delantero vuela por los aires, cae con espectacular pirueta, rueda sobre el pasto, se lleva las manos al rostro y se convulsiona en espera de que el árbitro saque la tarjeta roja o de perdida la amarilla.

¿Qué ocurre con el atleta en estado de estertor? Es atendido con una esponja húmeda en la frente y buches de agua. En unos segundos se recupera sin otra calamidad que el pelo empapado y la camiseta desfajada. Escenario de la resurrección, el futbol ofrece seres agonizantes que vuelven a correr. Cuando la patada de veras da en el blanco, el agraviado se queda quieto.

El faul simulado pertenece a la costumbre. Como también los árbitros ven televisión, saben quiénes son los más propensos a venirse abajo, y a veces no les marcan ni las faltas verdaderas: el silbante confunde al herido con un contorsionista y lo amonesta con el orgullo de quien devela una placa de cien representaciones.

En el beisbol sería impensable que un bateador se tirara alegando que el pícher lo golpeó con una pelota invisible; en el futbol americano ningún fullback detiene su carrera para fingir que un defensivo lo trata con "rudeza innecesaria". Sólo el futbol fomenta las faltas imaginarias. En parte, esto se debe a que sus jueces se equivocan más. El pícaro de guardia puede sacar ventaja del sudoroso hombre de negro que lo vigila a extenuantes veinte metros de distancia.

Un lance de Francia 98 ayuda a comprender el poderío de la pantomima. Diego Simeone, el argentino que ha sido símbolo de entrega en el Atlético de Madrid y el Inter de Milán, mostró su amor a las candilejas en el partido contra Inglaterra. La justa había despertado tanto interés como si ahí se dirimiera el destino de las Malvinas. El primer tiempo rebasó todas las expectativas con un peleado 2 a 2 y un gol de museo del novato Michael Owen. Sin embargo, en el segundo acto David Beckham, dueño de un refinamiento en el chut sólo superado por su corte de pelo, sufrió un encontronazo con el Cholo Simeone. Beckham le lanzó una patada discreta pero intencionada. Hasta aquí todo entraba en la rijosa lógica del reino animal. Entonces llegó la isabelina venganza de Simeone: el Cholo se desplomó como un ensartado Mercutio. Gracias a este gesto, la merecida tarjeta de amonestación alcanzó el rubor de la expulsión. Un par de años después, con motivo de un Manchester-Inter, que volvió a enfrentar a Beckham y a Simeone, el argentino reconoció su treta. Si uno de los mejores se disfraza de comediante, ya podemos suponer lo que ocurre con quienes no disponen de otro recurso que el dramatismo. Como aquel doble que sucumbió doscientas veces, ciertos futbolistas sobreviven a base de muertes transitorias.

La Creacion de lo invisible

Como su nombre lo indica, la Nandrolona es una sustancia poco confiable que ayuda a correr pero puede provocar cáncer de hígado. Nadie la toma por su sabor. Lo malo es que a veces la selección te lleva de Australia a Corea y de ahí a Texas, y en algún sitio te dan de comer un pollo inflado con Nandrolona. Si eres uno de los dos elegidos para orinar después del juego, tu carrera está en peligro.

También se dan casos de atletas intoxicados, no por el azaroso consumo de pechugas en tres continentes, sino por el preparador físico. No es fácil consolar a un jugador que extraña a su familia o, peor aún, que no sabe lo que extraña y mira los muebles como si estuvieran en el último sitio de la tabla de clasificación. Para eso sirven las grageas motivacionales. Los futbolistas desayunan píldoras como para un banquete de astronautas. No todas son vitaminas; algunas son antioxidantes, otras son moradas. De estas últimas depende que el médico del equipo conserve su trabajo. Cuando el doctor dice que el dopaje no ayuda a jugar como Maradona, significa que receta estimulantes al límite de ser detectados.

En el futbol moderno un equipo dirime intereses millonarios dos veces a la semana. Esto ha llevado a una tensa relación entre los remedios químicos y el peligro de que sean descubiertos. Los turboenergéticos son el supersticioso recurso de laboratorio de una actividad donde Rivaldo, que desde hace un año camina como si hubiera pisado un nopal, debe correr el próximo domingo. Los tónicos se parecen a la vida después de la muerte: más vale creer en sus efectos por si acaso existen.

No hay equipo sin pastillas ni paranoia fisiológica. Para protegerse de un mundo contagioso que hace que el crack orine un misterio, las escuadras se concentran en reclusorios de cinco estrellas donde mastican milanesas rigurosamente vigiladas.

El temor al contacto sexual no es menos fuerte. Se sabe de entrenadores cuya principal táctica consiste en enviar flotillas de prostitutas al hotel del enemigo. Antes de lanzar su ataque, el entrenador da una plática de pizarrón: no se trata de satisfacer a los rivales, sino de reducirlos con la extenuante incomodidad de las películas porno.

El desgaste se evitaría permitiendo visitas conyugales en las concentraciones. Pero en el futbol casi todo es metafísico. Una sabiduría conventual indica que el jugador que eyacula en vísperas del partido se priva del deseo de sublimarse en esa versión trascendente del orgasmo que es el gol. A las verduras hervidas se agrega la dieta erótica.

Estos sufrimientos son menores comparados con la tortura verdadera, la circunstancia que domina la jornada de un futbolista y muchas veces decide su comportamiento: no hacer nada. En las concentraciones, un equipo consta de una veintena de uniformados que matan las horas como pueden. El Nintendo, los juegos de barajas y la contemplación del techo distraen un poco, pero pueden erosionar el cerebro en forma imperceptible hasta llevar a una pifia en la cancha o, peor aún, a anunciar talco para los pies.

La soledad de las concentraciones es grave, entre otras cosas, porque está muy compartida. Tus hijos son las fotos que te mandaste estampar en la piyama y tu compañero de cuarto es un olor demasiado próximo. Hasta los clubes arropados por Armani hacen que sus jugadores duerman en parejas. Los rigores del marcaje personal son una broma frente a esta obligada convivencia. En una ocasión le pregunté a un jugador profesional de qué hablaba con su compañero. La respuesta revela una de las ricas posibilidades de la psicopatología: "No habla conmigo. Habla con su pene. Le dice Ramón y le recuerda lo que han vivido juntos." No me extrañó que tiempo después el entrevistado, un hombre cortés y tranquilo, que usaba la palabra "pene" por deferencia ante los medios informativos, se convirtiera en suplente del equipo. Los monólogos que su compañero le dirigía a Ramón lo habían transformado en alguien que abanicaba balones y miraba cosas que no estaban en la cancha.

El futbolista debe combinar el narcisismo del que desea mostrarse a toda costa con la vocación de encierro de una monja de clausura y la capacidad de tolerar tatuajes y humores demasiado próximos de un presidiario.

Mientras los astros deambulan como zombis por los pasillos de un hotel, especulamos en lo que harán en el partido. Su apartamiento despierta profecías. Las palabras llenan las muchas horas en que el futbol está "vacío" o sólo consta de jugadores sin otra sustancia que el aburrimiento. Hablamos de lo que no vemos. Una vez que asistimos al partido, hablamos de lo que no supimos o no entendimos.

Las canchas tienen un sótano poblado de supersticiones, complejos, fobias, dramas, esperanzas. Algo ilocalizable y oscuro debe explicar por qué Morientes, un jugador sin otro lucimiento que la eficacia, deja de anotar durante mucho tiempo, negando su naturaleza, y cuando finalmente acierta empuja a Roberto Carlos para impedir que lo felicite, como si no mereciera otra celebración que el ultraje o como si recuperara la identidad para vengarse, no de los otros, sino de los suyos. Pero los misterios no entregan sus claves. La atracción del futbol depende de su renovada capacidad de hacerse incomprensible. Hay algo que no captamos pero existe, como el crecimiento del pasto o la circulación de la sangre. De pronto, Zidane encuentra un hueco y enfila hacia la nada: lo invisible es la certeza que nos consta.

sábado, 31 de enero de 2009

Partido y cita con la historia del 7

No fue tan fiero el tiempo como lo pintaban… Afortunadamente no se cumplieron las peores previsiones y la nieve no hizo aparición en el estadio de Los Pajaritos, pero su lugar lo ocupó con contundencia un intenso frío de ese que traspasa los huesos. Con el mismo once de los últimos tres partidos, el Real Madrid selló ante el Numancia la sexta casilla de victorias ligueras. Los hombres de Sergio Kresic plantaron cara a los madridistas durante la primera mitad, pero en la segunda dos nombres propios de este Real Madrid sentenciaron el encuentro. Raúl abrió el marcador anotando su gol 307 con la camiseta blanca e igualando a Di Stéfano como máximo artillero de la historia del Club. Robben sentenció el triunfo y reiteró su fantástico momento con una jugada personal que se convirtió en el definitivo 0-2. Hay Liga.

Costó entrar en calor
La visita del Real Madrid llenó un estadio que con sus gradas repletas parece estrechar aún más las dimensiones del terreno de juego, ya de por sí mermadas. El calor del público numantino contrastaba con las bajas temperaturas, que alcanzaron los 0 grados, y a los blancos les costó entrar en el partido. De hecho el primer aviso lo dio el Numancia. Barkero colgaba una falta desde la banda izquierda y el testarazo de Boris acababa en los guantes de Casillas (7’). Los hombres de Kresic empezaban a hacer gala de la presión que ejercen en su casa, sabedores de que por ahí pasan sus mayores opciones. La primera internada madridista llegó en el 10’, con un disparo de Higuaín desde 25 metros que Juan Pablo atrapaba sin muchos problemas.

Respondió el Numancia con un pase en largo de Goiria para Barkero que, desde el vértice del área y de tiro cruzado, intentaba sorprender al mejor portero de 2008 (11’). El Numancia adelantaba la defensa, juntaba las líneas y estrechaba aún más el campo. Le costaba al Real Madrid llegar con claridad y Gago probaba fortuna con un disparo desde la frontal que se marchaba fuera (18’). Mayor peligro llevó el remate de cabeza de Del Pino, que se estrellaba en el segundo palo de Casillas (26’). Rozando la primera media hora, un rechace que acaba en las botas de Brit se marcha fuera acariciando el palo. El Real Madrid ganaba más dominio en los minutos finales, con Gago manejando desde el centro y Pepe soberbio en defensa, y a punto estuvo de marcharse al descanso con ventaja, si Dimas no hubiera sacado bajo palos el remate de Heinze a la salida de un corner (34’).

Raúl hace Historia en Los Pajaritos
Debieron meterse los blancos en agua caliente durante el descanso porque salieron con la quinta puesta. 180 segundos después de la reanudación, minuto de oro para el Raúl y para el Real Madrid. Jugada de Robben que abre a la izquierda para Higuaín. El argentino la pega, Juan Pablo rechaza y Raúl empuja suave para marcar el 0-1 de un partido que pasará a la Historia por presenciar el gol 307 del Capitán. El delantero iguala a Di Stéfano como máximo goleador en los 107 años de vida del Real Madrid. Casi nada.

Y para no dar tiempo a que se enfriase el partido, Robben quiso rematar la faena. Jugada individual del holandés que regatea a tres jugadores y dispara ajustado al palo izquierdo del marco numantino. En un momento espectacular de forma, Robben corría al banquillo para celebrar con Codina su quinto gol de la temporada (55’). Kresic daba entrada a Aranda y Quero buscando una oportunidad de arreglar el marcador. Mientras, Van der Vaart sustituía a Robben. El encuentro bajaba un poco en intensidad pero las ocasiones continuaban sucediéndose en ambas áreas. La de mayor peligro para el Numancia, en las botas de dos ex madridistas. Centro de Quero desde la izquierda al que no llega Aranda, solo en el segundo palo de Casillas.

Juande Ramos daba minutos a Huntelaar, que sustituía a Higuaín (76’) y a diez minutos del final le concedía a Raúl el reconocimiento de la grada de Los pajaritos, que despidió con aplausos a un jugador que ya es historia viva del Real Madrid y del fútbol español. El Numancia, constante e imperturbable en actitud y ganas, continuó volcándose una y otra vez sobre el área de Iker Casillas, pero no encontró recompensa ante un equipo que ya suma su sexta victoria consecutiva en Liga y que demuestra, una semana más, que sigue creyendo y apostando por el Campeonato. La nota negativa de la noche fue la expulsión de Gago por doble amarilla (demasiado rigurosa la segunda), que se perderá el choque del próximo sabado ante el Racing.

El club America de Mexico

La crema y nata se unieron para conformar al club más odiado y a la vez más querido. Dos colegios de abolengo, el Mascarones, encabezado por Rafael ‘Récord’ Garza Gutiérrez, y el ‘Perpetua’ se fusionaron para fundar al América el 12 de octubre de 1916.

10 campeonatos en la era profesional y un sinfín de jugadores históricos han escrito una de las páginas más gloriosas del futbol mexicano.

Ha jugado todos los torneos de Liga desde que fue creado y nunca ha estado en circuitos de ascenso.

En 1959, América fue adquirido por Emilio Azcárraga Milmo, hijo de Emilio Azcárraga Vidaurreta, propietario de Telesistema Mexicano, hoy Televisa.

Una de sus decisiones fue contratar como directivo a Guillermo Cañedo de la Bárcena, quien procedía del Zacatepec, cargo en el cual tuvo un exitoso desempeño.

Uno de los objetivos principales que llevó a Azcárraga a comprar a la franquicia fue crear un antagonista, ya que Guadalajara era el querido de la afición y no había un conjunto que provocara odio deportivo. Así nació el Clásico Nacional.

Diversos apodos han tenido como los Cremas, por el color del uniforme; Canarios, en la década de los 70; los Millonetas, por la política de comprar a los mejores futbolistas y Águilas al comienzo de los 80.

En esta etapa América ganó lo que quiso. Obtuvo cinco Campeonatos de Liga (83-84, 84-85, PRODE 85, 87-88 y 88-89), dos de Campeón de Campeones (87-88 y 88-89) y uno de la Concacaf en 1987.

El último título conseguido fue en el Clausura 2005 con Mario Carrillo como director técnico.

sábado, 24 de enero de 2009

Pasaporte Mexicano suficiente...........

Sven-Göran Eriksson tiene toda la razón, un naturalizado es una persona que, siendo nacida en un país distinto al que pertenece, jura prestad fidelidad al país que recibe, adoptanto por tanto los derechos y obligaciones de dicho lugar; sin embargo este no es el problema, todos sabemos que un naturalizado mexicano tiene todo el derecho por ley de pertenecer a la Selección Mexicana, pero de esto a que realmente lo merezca es muy diferente.

La gran molestia que se ha presentado dentro del futbol mexicano por el llamado de naturalizados al Tricolor se debe a lo poco coherente que suena convocar a jugadores mexicanos por naturalización para poblar posiciones del campo en donde existen varios elementos nacidos en México que podrían desempeñar ese rol de igual o mejor manera. Además de destacar que también se pierde la identidad de nuestro equipo.

Tener a Lucas Ayala o Leandro Augusto en vez de contenciones como Israel López, Jaime Correa o Alan Zamora suena a algo poco entendible por parte del entrenador sueco.

En el caso de Antonio Naelson Sinha es aceptable, debido a que ha dado la cara por el equipo de todos los mexicanos, tiene calidad de sobra y además, el aspecto más importante, en la posición en que juega simplemente no hay alguien mejor que él en este momento.

Pero al hablar de este tema es necesario recalcar que lo más importante es el aspecto futbolístico, porque la Selección no arriesgará su identidad por cualquier jugador. Si un deportista que se naturalizó tiene un potencial que ningún otro nacido en nuestro territorio tiene y además ama a México, adelante que lo convoquen, pero eso no quiere decir que si cualquier argentino, brasileño o futbolista de x nacionalidad se naturaliza, éste tenga que jugar en la Selección.

Por eso la Federación y el Director Técnico del Tri deben de concientizar y tomar la cosas en serio, ya que la cuestión no es que se llame a futbolistas naturalizados, sino que se convoque por convocar.

La Selección es para los mejores… ¿Los naturalizados que están en la lista realmente son la mejor opción en este momento?

jueves, 15 de enero de 2009

Hot legs!!!

Así cantaba Rod Stewart hace muchos, muchos años, en un video en el que, fuera la escena que fuera, el marco siempre eran las piernas de una modelo. Nada tonto era Rod Stewart, sabía que unas piernas bonitas venden y venden bien. Piernas para ellos, voz sexy para ellas... ese video no tenía por donde fallar.

Y precisamente unas piernas bonitas es lo que me hará ganar en el Desafío Futmex que empieza este viernes, cuando se dé el primer silbatazo en el partido entre Tecos e Indios (dicen que cuando el tecolote canta, al indio lo golean). Pero yo no me conformo con un par. Yo compré 15.

El XI Inicial

Así decía el correo que me llegó avisándome que mi equipo en el Desafío Futmex se había formado correctamente. Me gasté todo el presupuesto (si Ramón Díaz puede, ¿por qué yo no?), que eran 100 millones de libras, y aún así no me alcanzó para contratar a todos los que yo quería.

Creo que están los que deben estar. Esta es mi lista:

Portero
Federico Vilar

Defensas
Amaury Ponce
Israel Castro
Darío Verón
Javier Mustafá

Centros
Andrés Chitiva
Darío Botinelli
Federico Insúa
Leandro Augusto

Delanteros
Héctor Mancilla
Salvador Cabañas

En la banca se quedan Hernán Cristante (¡cuánto derroche!), Edgar Dueñas, José Francisco Torres y Bruno Marioni. No es por nada, pero el equipo se ve bastante bien.

viernes, 2 de enero de 2009

Feliz 2009 al deporte mexicano!!!

Finaliza el año y comienza un nuevo periodo lleno de sueños, metas, consignas y dudas. Momento importante para analizar qué queremos y hacia dónde buscamos llegar. Instante para observar cosas positivas y negativas, de repetir y mejorar lo bueno y de no volver a tropezar con la misma piedra, osea, aprender de nuestros errores.

Llega el momento de los deseos, de las 12 campanadas cargadas de sueños en los que en más de uno, podría aparecer la palabra futbol.

Sé que no fue un año bueno para nuestro futbol. No se avanzó como debía, se estancó en algunos casos y no produjo lo que muchos esperabamos. No se calificó a los Juegos Olímpicos, la selección mayor fue un desastre dentro y fuera de la cancha, mexicanos en el extranjero, salvo contados casos, fueron banca o no rindieron lo esperado, nuestros torneos tuvieron un nivel deficiente y así, podríamos seguir enumerando un sin fin de puntos en contra. Ojala en esta época de reflexión, todos y cada uno podamos pensar un poco sobre qué se puede mejorar.

Muchos esperaríamos que nuestros directivos modificaran viejas barreras que nos impiden crecer, que directivos de nuestro futbol velaran por los intereses de su equipo y la afición y no únicamente por los de ellos o su promotor favorito, que los futbolistas mexicanos cambiaran esa arcaica forma conformista de pensar. Tal vez, éste sea el año de los cambios. Pero en verdad, yo hago el llamado a la afición, a cada una de las personas a cambiar por si mismas, a exigir y comprometerse. Que el verdadero cambio llegue por cuenta propia.

Por lo menos un servidor, escogerá una uva éste 31 de diciembre para soñar con que nuestro deporte crezca. Es una ilusión principalmente, y a veces esta palabra está ligada a lo imposible. NO, ya es momento de querer cambiar las cosas desde la raíz. Soñar con esto, nos permite también en pensar que México puede ser un país más competitivo, más seguro, menos corrupto, menos pobre y con más educación principalmente. Que no sea un simple deseo navideño, sino una realidad que deberá trabajarse con ahínco, ojo TRABAJANDO, en un año en que la economía amenaza y de fea forma.

Para el próximo año habrán muchos cambios, positivos seguramente. Hablaremos de ellos más adelante… Por lo pronto, ÉXITO, SALUD, TRABAJO, ARMONÍA, PAZ, VIAJES, AMOR, AMISTAD Y MUCHO, MUCHO FUTBOL, PERO DE BUENA CALIDAD. FELIZ 2009!!!

Mucho en pocas palabras.

Los medios de comunicación siguen en plena celebración de año nuevo. Contrario a lo que pudiera pensarse, Internet también experimenta un vacío de información en los primeros días de actividad.

Después de navegar alrededor de El Universal, Reforma, Medio Tiempo, 20 minutos, El País y El Mundo, lo que más destaco es a los medios españoles hablando sobre el año de oro que vivieron sus deportistas; a El Universal haciendo mención del primer “bancazo” del año y a Medio Tiempo intentando calentar un Interliga que tendrá como interés principal observar lo que hagan Chivas y América, porque es evidente que a Toluca le importa un bledo el boleto a la Libertadores…

A manera de muchos comentarios en pocas palabras, reconozco que de cuando en cuando encuentro contenido de impacto viral en Ve Futbol, la sección futbolera de El Universal, pero a veces parece que pretenden convertirlo en una filial de Playboy. Eso sí, me consta que publicar fotos de bellezas genera cualquier cantidad de views a cambio de un escaso esfuerzo editorial.

La apreciación anterior me lleva a preguntarme, primero como periodista y luego como simple usuario de Internet, qué es lo que estaremos buscando en materia de información deportiva y general a lo largo del 2009.

Ya Jorge Witker lo comentaba en un post anterior dentro de este blog, hace falta que todos los que ejercemos la profesión periodística nos preocupemos por informar a detalle, con precision, con profundidad y, sobre todo, que nos resistamos a caer en la fácil tendencia de promover únicamente aquellos contenidos que venden, es decir, notas amarillistas, rumores infundados, líderes de opinión en temas que desconocen totalmente… y así podríamos seguir enlistando diferentes vicios en los que cada uno de los medios llegamos o corremos el riesgo de caer.

Tú, como consumidor, ¿qué esperas de los medios en el 2009? ¿qué es lo más importante para ti al buscar información deportiva?

domingo, 23 de noviembre de 2008

Goles y tiempo

En junio de este año se celebra el último campeonato mundial de futbol del siglo XX. Nos unimos a la anticipación que el cotejo ha suscitado en la cultura de masas con este ensayo sobre el papel que el tiempo juega en el más popular de los deportes.


a la memoria de Juan Nuño
Ay de un club que no cultiva santas nostalgias.
Nelson Rodrigues



El tiempo es el gran estratega del futbol. El partido dura 90 minutos, una jugada ocupa unos cuantos segundos y cinco o seis jugadas definen el marcador. En otras palabras, el problema estriba en qué hacer con los 89 minutos restantes.

La esencia del partido es el triunfo; sin embargo, el aficionado suele decepcionarse con las golizas, incluso con las que caen a su favor. Un 6-0 huele mal, sugiere que anotar es cuestión de suerte, relaja en exceso a los ganadores, les da una confianza tan turbadora que llegan en piyama al siguiente partido. Acaso estemos ante el único deporte donde los tantos pueden ser un desperdicio; sólo si el adversario contesta con la misma furia, la borrachera de goles es legítima (un caso emblemático: el Barcelona 5-Atlético de Madrid 4, después de que el Barcelona perdía 3 a 0). Jugar bien no significa anotar en cada avance, a la manera del basquetbol, sino dominar al rival con amenazas potenciales. La pelota que duerme en el empeine de un líbero cobra sentido por sus destinos posibles, inminentes: los huecos a los que pueden llegar los delanteros. Salvo en las grandes casualidades -que también son estratégicas-, quien gana el partido es quien controla los amagues, los 89 minutos en los que el balón es un peligro conjetural.

En "Teoría de los juegos'', uno de los ensayos que integran su admirable Veneración de las astucias, Juan Nuño se ocupó de la especificidad temporal del futbol. Otros deportes carecen de una duración determinada y pueden interrumpirse a solicitud de los entrenadores. Por ejemplo, el beisbol ignora la cronología con soberano desdén. Como en la Odisea, la meta es volver a casa, pero la rapidez del viaje depende de los reflejos de los peloteros.

Todo juego entraña una suspensión del flujo habitual de la vida; bajo los ardientes reflectores, las canchas obedecen a reglas y propósitos artificiales. En este caprichoso universo, el futbol se distingue por un rasgo de inquietante naturalidad: no dispone de recursos para detener el tiempo. "Un partido de futbol es más angustioso y dramático que otro juego cualquiera -escribe Nuño-, porque, en él, el tiempo corre paralelo al tiempoÊde la existencia humana. La pasión que genera el futbol hunde sus raíces en la oculta presencia de la muerte, que está presidiendo todos los actos humanos, cada vez que esos actos se miden con el paso del tiempo.'' Los minutos que avanzan afuera del estadio coinciden con los del partido. En el futbol americano, un pase incompleto detiene el reloj; en el tenis, la "muerte súbita'' puede ser tan larga como el equilibrio entre los oponentes. En cambio, en Maracaná el tiempo conserva su insistente capacidad de menguar el destino. De ahí la dimensión épica de quienes saltan a enfrentar la muerte a plazos. Ni siquiera el decepcionante 0-0 garantiza una prórroga. Sólo en casos excepcionales, que deciden un campeonato o una clasificación, el partido se somete a la terapia intensiva de los penales o el "gol de oro''. Para el espectador estas amargas soluciones están más cerca de la ruleta rusa que del futbol.

La tiranía del reloj suele ser desafiada por toda clase de estrategias mentales. En las tribunas, esos seres ajenos al recato que llamamos "porristas'', "hinchas'' o "tifosos'' le otorgan un pasado a la contienda; los 90 minutos se revisten de una duración ilusoria, son el episodio actual de una vasta genealogía de afrentas. El balón al fondo de las redes enemigas tiene mérito estadístico, pero sobre todo cobra agravios pendientes. El pedigrí de una anotación depende de una historia que se remonta a los orígenes mismos del club. Para el tifoso del Inter, con las mejillas pintadas de azul y negro, un calcetinazo que termina en la portería del Milán es preferible a una vistosa tijera contra una escuadra desconocida.

Como es de suponerse, los partidos también se alargan después de ser jugados, en las sobremesas que en ocasiones sólo se interrumpen con el divorcio. Y nada activa tanto el vocabulario como las acciones apretadas, la caída de un dios en el límite del área, a quince metros de un árbitro miope que tiene un segundo para decidirse ante las cincuenta mil gargantas que le piden un penal. Sobran explicaciones para las jugadas confusas y el fan se repone del resultado aplicando su propio reglamento: "¿Desde cuándo se expulsa a alguien sólo por tirar dos dientes con el codo?'' Más allá del suceso ingrato, las quejas traman un partido paralelo que rebasa con mucho los 90 minutos. "El futbol tiene mejor memoria para la polémica que para la belleza'', ha escrito Jorge Valdano, lo cual significa que todo gol de Alemania a Inglaterra es una venganza contra aquel gol fantasma en la final de Wembley '66.

La nostalgia futbolística siempre tiene prisa. Félix Fernández, portero del Atlante, comenta que entre las cosas que perdió al pasar del futbol amateur al profesionalismo, la más valiosa es el "tercer tiempo'', el rato de cervezas donde lo único mejor que ver un gol es recordarlo, donde las jugadas se dilatan como si Proust fuera el nuevo entrenador del equipo.

Los goles conversados tardan más en caer. Pero también aquí hay excepciones. En La intimidad del futbol, el entrenador argentino çngel Cappa logró el récord de narrar una jugada en su tiempo natural. De las muchas virtudes del balompié, Cappa prefiere el juego de conjunto; en otras palabras, su gol favorito es larguísimo: 31 toques consecutivos para llegar a las redes, durante un minuto y 27 segundos. Este gol de vitrina sucedió en Liverpool, en las eliminatorias para la Copa Europea de Naciones, entre Irlanda y Holanda.

No hay duda de que la memoria propina golpes traicioneros y en ocasiones el peso de los recuerdos retira a un hincha del futbol. El cuento "19 de diciembre de 1971'', de Roberto Fontanarrosa, se ocupa de esta situación límite. El viejo Casale ha renunciado a ver al Rosario Central; ha sufrido tantas veces en nombre de su club que se encuentra al borde del infarto, en franca saturación emocional. Pero Casale también es una leyenda de barrio: cuandoÊiba al estadio, el Rosario ganaba. Una banda de jóvenes que ignora el filo terrible de los recuerdos, decide secuestrar al viejo y llevarlo como amuleto vencedor a las tribunas. El gozo de ver al Rosario puede más que la taquicardia; Casale disfruta el partido hasta que su equipo gana y él cumple su doble cita con el destino: muere en estado de gracia por contribuir al triunfo.

El fanático que fallece se va, como dirían los antiguos, "con la mayoría'', que es donde se encuentran los mejores porristas. Si el futbol es un desafío contra la muerte, una dilatación imaginaria de los 90 minutos implacables, hay que suponer que en las gradas resuenan los vítores de todos los que alguna vez gritaron en favor del equipo. Los locos que inventaron el "síquitibum'' reencarnan en cada tribuna mexicana y los madridistas que cantaron el primer Alirón en trance feliz regresan, mal que les pese, con el inmoderado Orgullo Vikingo que llena una cabecera del Santiago Bernabeu. Nelson Rodrigues, el cronista que bautizó a Pelé como Rey, sabía que toda pasión tiene sus pioneros y que en las grandes gestas se requiere de un apoyo mortal. Entre los gritos de guerra y los delirantes festejos que integran su antología de artículos Ë sombra das chuteiras inmortais destaca una impecable invitación necrológica: "Nadie puede faltar a Maracaná el domingo, e incluyo a los fantasmas en la convocatoria: la muerte no exime a nadie de sus deberes con el club.'' Quien haya escuchado el furor de un estadio lleno sabe que hay más voces que espectadores: los fantasmas acudieron a la cita.

Aunque la pasión partidaria se acumula, es obvio que los recuerdos tienen un impacto desigual; ningún lance contemporáneo enciende el fuego de las pasiones infantiles. Cuando llega a la edad de los entrenadores, el aficionado revisa los goles que pueblan su cabeza y descubre que los más emocionantes fueron anotados por titanes que ya murieron o padecen Alzheimer. Surge entonces la tentación de la nostalgia y de creer que toda cancha pasada fue mejor, algo tan grave en términos futbolísticos como una fractura de rodilla; un golpe con certificado de jubilación.

El espectador de museo, que comparaÊa todo extremo con Garrincha, es un amargado de peligro. Nada que suceda hoy estará a la altura de los presuntos héroes que jugaban sin cobrar y atajaban penales con los brazos atados. Las costumbres perdidas se convierten en los detalles que daban verosimilitud al paraíso: ¡qué majestad había en la formación 4-2-4, los árbitros vestidos de negro, las porterías de madera, el balón de cuero crudo, las amonestaciones con ademanes de afrenta, que no escatimaban el índice en el cuello!

Esta mitomanía arruina con minucia el presente, hace de todo debut una traición y tiene por principal víctima a quien la padece. El problema se vuelve colectivo cuando el amargado comunica sus noticias: el Real Madrid sólo vale si alinea a Di Stéfano, todos los tiros de Raúl son atajados por Arconada.

El memorialista ultrajante exclama: "¡No sabes lo que era antes!'' Las bailarinas que no se depilaban las piernas le parecen más atractivas que las sílfides del último verano, entre otras cosas porque ya no hay modo de hallarlas.

El relato "Esse est percipi'', de Borges y Bioy Casares, reúne dos defectos del futbol: la supremacía de la televisión y los engaños de la nostalgia. El balompié es algo que ya ocurrió; en la actualidad, los locutores inventan las contiendas y deciden el marcador. Tulio Savastano, presidente del Abasto Juniors, explica la verdadera condición del juego: "No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de futbol se jugó en esta capital el 24 de junio del '37. Desde aquel preciso momento, el futbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.''

Normalmente, el partido también sucede en las crónicas y en los recuerdos; en la pesadilla memoriosa de Borges y Bioy Casares sólo sucede como calculada imaginación, es un negocio teatral que prospera desde el día de San Juan de 1937. El relato toca un vicio central de los espectadores; son muchos los que atesoran un simbólico 24 de junio, la fecha en que, según ellos, el futbol dejó de existir.

De niño, yo temía a los hombres de boina y puro apagado que se acercaban a contarme las hazañas de Lángara en el futbol mexicano. Aunque aún no me convierto en un espectro que acosa con sus recuerdos a los más jóvenes, ya tengo una cuota pasional dominada por la nostalgia. Ningún gol puede afectarme como uno de hace cerca de treinta años. Estoy en la final de México '70 y escucho la tremebunda frase de mi padre: "En la final, el equipo que anota primero, pierde; así ha sido en todos los mundiales.'' Veo el salto del Rey para llegar a la cita del destino con su frente, el balón en las redes, la mirada de Gerson rumbo al cielo y sus manos unidas en plegaria, el Estadio Azteca volcado en la emoción compensatoria de apoyar a los brasileños. "El que anota primero, pierde.'' La negra profecía carga de dramatismo el festejo. Tengo 13 años y mi padre siempre ha tenido razón. Pero Brasil tiene a Pelé.

Dieciséis años después, en el Estadio Azteca de 1986, vi a Maradona anotar sus dos goles de leyenda ante Inglaterra, el más perfecto en la historia de la ilegalidad y el más perfecto en la historia del Mundial. Decir que el gol de Pelé me gustó más sería un rencor nostálgico; decir que el gol de Maradona me emocionó más sería un atropello digno de tarjeta roja.

Así de complicados son los archivos futboleros. Incluso los olvidadizos que llevan listas dobles al supermercado se vuelven elefantes con los ídolos que comprometen su pasado. En una ocasión, un hombre de unos setenta años se acercó a la mesa del restaurante donde tres amigos llevábamos horas hablando de futbol. El vino que había tomado daba a sus mejillas un tono levemente magiar. No nos sorprendió que preguntara: "¿A ver, díganme la alineación de Hungría en Suiza '54?'' Después de Puskas, nos quedamos en ceros. El hombre se alisó el bigote cenizo, adoptó una posición de húsar y recitó la alineación quebrantalenguas de la famosa Hungría que perdió la copa de milagro. ¿Tenía buena memoria? Quién sabe; lo cierto es que tenía buenas pasiones.

La posteridad memoriosa se justifica con plenitud en un deporte donde el enemigo central es el reloj y donde las biografías son breves. Michel Platini comienza su libro Mi vida como un partido con esta confesión de ultratumba: "Morí el 17 de mayo de 1987, a la edad de treinta y dos años, día en que me retiré del futbol.'' Sólo los recuerdos otorgan un más allá al futbolista jubilado, lo inscriben en la leyenda o dejan de pasarle la pelota, lo sacan de la cancha, hacia el vestuario de los nombres olvidadados.

Un enfático locutor mexicano solía terminar sus transmisiones con el reto: "Ahí les dejo mi reputación para que la destrocen.'' La verdad sea dicha, muy pocos desean abandonar su suerte a la conciencia pública y el jugador lucha, a veces con penoso arrastre, por prolongar sus domingos de reputación. Nelson Rodrigues observó que todo crack viejo (es decir, de treintaitantos años) "sufre de actualidad''. Una mañana la cancha le parece enorme y la portería un borroso espejismo. Sin embargo, la amenaza principal del veterano no llega con su deterioro sino con los números en la banda que anuncian la entrada de un novato. Como entrenador del Real Madrid, Jorge Valdano tomó la temeraria decisión de sacar del campo al Buitre, consentido de la afición merengue, y explicó el drama en forma inmejorable: "¿Quién era un tal Raúl, por ejemplo, para quitarle a Butragueño la camiseta del Madrid, los titulares de los periódicos y un lugar en el corazón de la gente? Fácil, Raúl era el tiempo, que volvía a ganar a su manera.''

Para inmortalizar a un héroe, las ligas norteamericanas acentúan su ausencia con un gesto definitivo: su camiseta es retirada de la alineación. En San Francisco, el número 16 no volverá a jugar con los 49's o, mejor dicho, ya sólo jugará en la mente de quienes evoquen los precisos pases de Joe Montana.

Ciertos equipos organizan la memoria de tal forma que la convierten en su razón de ser. Durante décadas de sequía, la Universidad de Chile se amparó en un canto que recordaba al lejano ballet azul que había sido campeón: "Volveremos, volveremos/ Volveremos otra vez/ Volveremos a ser grandes/ Grandes como fue el ballet.'' En 1994, ganar la liga significó para ellos un formidable regreso al pasado.

Desde el banquillo de entrenador, Valdano vio a Butragueño perder con Cronos; sin embargo, el futbol admite otras temporalidades, y el equipo mexicano Celaya, recién ascendido a primera división en 1995, decidió preservar en plena cancha las reliquias del Real Madrid. Butragueño, que no podía competir contra el espectro de su juventud en la liga española, llegó al Celaya para liderear a un club de merengues de la tercera edad, cuya fuerza proviene de lo que ya pasó, y donde también han militado Hugo Sánchez, Michel y Martín Vázquez.

Dejemos a un lado los tiempos memoriosos y volvamos a la realidad de los 90 minutos. ¿Hay alguna táctica para hacer que transcurran de otro modo? En basquetbol o en futbol americano el "tiempo fuera'' ayuda a planear jugadas y enfriar al contrario. En el deporte de las patadas, sólo existe un modo radical de que el árbitro detenga su cronómetro: la caída operística de un jugador -una mano sobre los ojos, otra en el tobillo, la quijada dolorosamente abierta. Por un instante, el más humilde de los contertulios se convierte en estratega: el masajista entra a la cancha a suspender el juego; a la maneraÊde un brujo, abre el estuche donde lleva una botella de spray antidolor, una esponja, un trapo de la suerte. Aunque todo mundo -incluido el árbitro- sepa que el faul ocurrió por abajo, el lesionado recibe chorros de agua en la cabeza, un masaje en el plexo solar, un tratamiento de flexión de piernas para recuperar el aire y, en casos de alta escuela, un curita en la ceja.

Hay delanteros que viven para ser derribados y recibir en pago el tiro penal, la expulsión del adversario, el alarido trágico de la multitud. Los cracks que saben desplomarse son ideales para detener el reloj. El único problema es que se acostumbran tanto a inspeccionar las hierbas que en ocasiones olvidan lo que hay que hacer de pie y se sienten eximidos de toda jugada que no conduzca a un tiro libre.

Realmente es asombrosa la frecuencia con que ocurren algunas tretas: un puntero avanza a toda prisa, enfrenta la barrida del defensa, sale despedido por los aires, cae sobre las costillas y a continuación... rueda diez metros, queda boca abajo y patea el suelo como si empezara a cavar su tumba. Nadie, ni el más pasional de los hinchas, puede creer que un hombre adolorido ruede con tamaño desenfreno. De cualquier forma, el faul de marioneta se reclama como auténtico. Mientras la televisión repite con frialdad la jugada donde los héroes echan vaho y el defensa va al balón, el estadio protesta por el crimen que no tuvo necesidad de ver. ¿Hay algún despistado que necesite pruebas para favorecer a su equipo?

Sólo la vocación teatral del futbol explica que aún prospere este lance vistoso y falaz, y que muchos de los adictos a caerse tengan el pelo largo. Aceptemos que el derrumbe de un calvo es menos dramático que el de un león. Las melenas en desesperado desorden son el símbolo del héroe castigado. El prestigio de los mártires de pelo largo es tan unánime que nadie aceptaría a Sansón, Holofernes, San Juan Bautista, Cristo, Morrison, el Che o el Pibe Housseman después de un desmitificador trabajo de peluquería.

Obviamente, los equipos que no necesitan fingir caídas para ganar pueden raparse sin miramientos, como la selección brasileña que arrolló en la copa de Arabia Saudita, en 1997.

En descargo de quienes sustituyen la técnica con la astucia, hay que decir que el futbol sería menos divertido sin las faltas imaginarias. La herida auténtica paraliza el juego y es acompañada de un silencio de cirio pascual. En un partido por el campeonato brasileño entre el Palmeiras y el Vasco da Gama, Viola salió de la cancha en uno de esos carritos de golfista que se usan para que el lesionado no cojee durante una eternidad hasta la línea de cal. Poco después regresó con un ojo cerrado y un andar de zombie, como un boxeador a un golpe del nocaut. Todos las miradas del Maracaná se concentraron en ese hombre que recorría un callejón de embrujo, sin enterarse de la pelota. De pronto, cayó al suelo y no se movió. El estadio más grande del mundo improvisó un responso de murmullos y tambores fúnebres. No hubo que pedir justicia; aquello era una tragedia inobjetable.

Las faltas de acrobacia están diseñadas para detener el reloj pero es muy poco lo que se gana con ellas. Si un árbitro compensa más de cinco minutos, tiene que hacer su testamento.

La forma más socorrida de luchar contra los 90 minutos consiste en "hacer tiempo'', en procurar que el reloj avance sin que ocurra nada de relieve. Un ejemplo delictivo de los minutos que se tiran a la basura ocurrió en el Mundial de España, en 1982. Alemania y Austria salieron a la cancha con el propósito de romper el récord de pases laterales. La igualada convenía a ambos equipos, de modo que no hubo forma de escapar a ese pacto platónico y siniestro, un virginal 0 a 0. Aunque los equipos uruguayos han ganado fama de administrar el tiempo (la "garra charrúa'' ha sido más cruel con el reloj que con las espinillas de los contrarios), nada supera al histórico Anschluss de Alemania y Austria.

Fernando Marcos, decano de los locutores mexicanos, afirma al final de cada partido: "El último minuto también tiene sesenta segundos.'' El refrán condensa la lucha contra el reloj. Cuando parece que todo ha transcurrido, la tribuna aún espera el milagro de los sesenta segundos.

Relato que corre con la inclemente alevosía de la vida, el futbol le debe mucho a la imaginación. En ningún otro territorio 90 minutos duran en forma tan inventiva; incluso las jugadas rápidas dependen del control del tiempo. Un ejemplo emblemático es la paradihna al cobrar un penalty. El atacante enfila rumbo al balón y se detiene un segundo antes de tocarlo. Todo portero sin vocación de estatua cae ante la finta, vencido por esa jugada vacía, la pausa en la que no se puede participar porque ha sido robada al tiempo.

Cuando el silbato del árbitro lanza sus tres notas fúnebres, el partido concluye como trámite jurídico y ofrece su saldo de obituarios y estadísiticas; los aficionados eternizan a los héroes breves y en el rostro de los entrenadores aparece una nueva arruga, la señal de que encontraron la forma de vengarse del adversario. El juego entra a la zona de las promesas; lo que ha ocurrido es ya lo que vendrá, el venturoso remedio para los enfermos de tiempo que llenan los estadios.

El honor del mocoso

Eliseo Alberto ha atesorado el día en que le preguntó a su abuela cuál era el principal acontecimiento que había vivido. El novelista buscaba una frase para definir un destino y despejar de una vez por todas las respuestas que él había ensayado. La abuela tenía una solución lista y planchada como una camisa. No hubo que pasar por los tanteos inseguros de quien pulsa un arpa de sombra. ¿Qué prodigio indudable había atestiguado? Ni la Revolución Cubana, ni las fascinantes turbulencias íntimas de la familia, ni los hechos lejanos que determinaron el siglo xx podían competir con los fragantes venenos que mejoraron los atardeceres tropicales. La era de la abuela valía la pena porque se inventaron los insecticidas.

Esto ocurría en La Habana, donde Martí encontró dos patrias, Cuba y la noche, ambas amenazadas por los moscos. Los parajes del calor se sometían al lema del protagonista de Macunaíma, regiones con "mucha alimaña y poca salud". Tan sólo en la India, a principios del siglo xx, ochocientas mil personas morían al año por enfermedades derivadas de los piquetes de mosco. Durante centurias, los tenaces ejércitos de la noche fueron combatidos con aplausos, hierbas e inventos que sirvieron para activar la ironía de Lichtenberg: el sitio más seguro para una mosca es el matamoscas.

En el siglo xxi el mosquito ha dejado de ser la invisible pantera que amenaza nuestra sangre. Está semipresente en la vida diaria, como la mica o el celofán. Su periodo de esplendor se remonta al tiempo en que causaba epidemias y terminaba encapsulado en una gota de ámbar, símbolo de agresiones muy pretéritas. En Parque Jurásico aparece como portador del néctar genético de los dinosaurios, clara prueba de que sus piquetes más significativos pertenecen al pasado, aunque a veces regrese, como la pulga de John Donne, a combinar en su cuerpo la sangre de los amantes y ser gota perfecta, amenazada y breve, estremecedora revelación de lo frágil que es la eternidad.

La ferocidad del insecto dejó de ser letal, pero aún da para definir regiones como La Costa de los Mosquitos, donde Paul Theroux ubica una de sus novelas, o arruinar las noches con su ruido. El exterminio de los moscos empezó en los años treinta del siglo pasado, cuando el químico Paul Müller inventó un compuesto que ameritaba apodo: diclorodifenil tricloro etano. El ddt se utilizó con enorme éxito durante la Segunda Guerra Mundial. En el frente del Pacífico, los aliados le temían más a la malaria que a los aviones zero tripulados por kamikazes y lanzaron lluvias de ddt en las regiones donde iban a avanzar.

El romance con el veneno reinventó las costumbres y la psicología. En los cincuenta, las amas de casa recibían a sus invitados con una bomba de Flit en las manos y numerosos voluntarios inhalaban humo de ddt con el temerario fin de matar cucarachas mentales.

Leídos a la distancia, los reportes sobre el fervor tricloroetánico muestran que el hombre se confunde cuando los venenos le resultan favorables. Fred Stoper, gran profeta del ddt, convenció a la Organización Mundial de la Salud de rociar el planeta con insecticida. Aunque las fumigaciones no fueron tan puntuales como Stoper esperaba, los cultivos se impregnaron de toxinas mientras los mosquitos se adaptaban a la situación. La segunda mitad del siglo xx encontró a un mundo que podía mantener sus insectos a raya sin lograr aniquilarlos. Un mosco de hoy resiste sobredosis de ddt; en lo fundamental, el veneno sirve para marearlo y facilitar el golpe decisivo del trapo o la pantufla. Quizá en el porvenir un vecino del trópico definirá su siglo como la época de angustia en que fracasaron los insecticidas.

¡Qué diferencia con 1948, año en que se hacían fiestas de champaña y ddt y en que Paul Müller recibió el Premio Nobel por su invento fumigador! Rociar toxinas parecía entonces una forma de pasteurizar el aire. Medio siglo después, en los campos de maíz transgénico, el hombre le teme más a los remedios que a las enfermedades. Con la fórmula original, el ddt ya sólo se fabrica en China y la India.

En Hacia el final del tiempo John Updike imagina una sociedad futura donde aún existen los mosquitos. Lo más irritante de ellos sigue siendo su zumbido. El protagonista se pregunta por qué no habrán evolucionado hacia una existencia silenciosa. ¿Por qué delatan sus intenciones en forma tan aguda? Es como si los vampiros llevaran un cencerro.

En términos de darwinismo, ¿el mosco sería más apto si se callara de una vez? Probablemente pasaría menos trabajos. Pero su cometido parece ser otro. El enemigo dejó de ser de vida o muerte para sobrevivir como un mal menor, una invencible molestia. "Estamos en el mundo para darnos lata", escribió Calvino.

De tanto mezclar nuestras sangres, los moscos son el error inevitable y leve, la épica donde lo mismo da ganar o perder y sólo importa el sobresalto, la ilusión de batalla; saber que de pronto, por una vez, la madrugada nos reclama como el campo del sonido y de la furia.